• Lic. Rodrigo B. Ríos

INTRODUCCIÓN A LA CLÍNICA NODAL (PARTE I): SINTHOME; EL CUARTO NUDO

SINTHOME: ¿PUNTO DE PARTIDA O DESTINO?


          La noción de sinthome está sujeta a varias lecturas en la actualidad. Muchos autores lo plantean en oposición a la dimensión metafórica del síntoma, constituyendo su parte real. Otros, siguiendo ésta misma línea, han planteado un paralelismo entre el sinthome y la insignia[1], como conceptualización de la primera marca constitutiva del sujeto. Y, finalmente, y en relación a su planteo como equivalente a la vertiente real del síntoma, más próximo al síntoma en su función de letra, muchos autores han considerado al sinthome como destino, como producto de un análisis llegado a su fin. Esto es decir que un psicoanálisis implicaría ir del trabajo con el síntoma en su dimensión metafórica, síntoma en transferencia, síntoma analizable, hasta alcanzar su núcleo real, lo incurable, la letra del síntoma.


    Pero reducir la noción conceptual del sinthome a la vertiente real del síntoma y/o considerarlo propiedad exclusiva del analizado que ha alcanzado llevar su propio análisis a término, impide que se pueda operar con ella cronológicamente y constatar su estatuto no solo en la cura misma, sino incluso por fuera, o previa a que ésta tenga lugar.


   Yo propongo tomar la noción de sinthome, continuando la lectura que propone Fabián Schejtman, no como la vertiente real del síntoma, ni como una meta de todo análisis. Tomaré la noción de sinthome como el cuarto elemento que anuda la estructura, que impide que los tres registros -real, simbólico, e imaginario- se vayan cada uno por su lado. Sinthome como reparación, como lo que viene al lugar del lapsus del nudo, ya no como un destino sino con lo que nos encontramos al inicio. Con respecto a esto último, en el Seminario XXIII, Lacan va a utilizar el término de sinthome tomando como ejemplo paradigmático el caso de James Joyce, quien nunca pisó un análisis.



EL CUARTO NUDO


          Lacan, en el Seminario XXII: “RSI”, va a ir pasando del nudo borromeo de tres al borromeo de cuatro eslabones. Pero al principio de su recorrido, para poder sostener el anudamiento de tres y prescindir del cuarto eslabón, Lacan se presentará sumamente crítico de Freud. Dirá que éste se apoyaba en “sospechas” de la existencia de éstos tres registros pero que, a su entender, no le eran suficientes para sostener el anudamiento. Para Freud los tres registros solo podían enlazarse a condición de servirse de un cuarto eslabón, a saber, la realidad psíquica.


         Lacan agregará aún más, dirá que lo que Freud llama realidad psíquica es lo que porta el nombre de complejo de Edipo, para finalmente denominarlo como el nombre del padre Freudiano:


“… lo que Freud instaura con su nombre del padre idéntico a la realidad psíquica, a lo que él llama la realidad psíquica, especialmente a la realidad religiosa -pues es exactamente lo mismo- que es así, por ésta función, por ésta función de sueño que Freud instaura el lazo de lo simbólico, de lo imaginario y de lo real”.[2]



          Freud deviene religioso, la realidad psíquica va a quedar situada como realidad religiosa, como la función dormitiva y religiosa del complejo de Edipo. Esta posición de Freud es lo que Lacan va a criticar dado a que él se mostraba totalmente inclinado a considerar al nudo borromeo como únicamente de tres eslabones, el nudo mínimo. De hecho, para él, en este punto de su enseñanza, en su horizonte toda cura no tenía más que como meta la reducción del nudo de cuatro eslabones al nudo de tres.


     Pero luego, en el mismo seminario, Lacan cambiará ligeramente la posición de su crítica. Por un lado, no solo dirá que no sería posible prescindir del nombre del padre para que el nudo se sostenga, sino aún más, relativizará el progreso que podría traer aparejado una reducción del nudo de cuatro al nudo de tres. Éste cambio coincide con los desarrollos en torno a la nominación como función, cambio que implicaría el pasaje del “nombre del padre” al “padre como nombrante”:


“el nombre del padre en su función más radical que es la de dar un nombre a las cosas.”[3]


     Pero la función de dar un nombre a las cosas estaría contenido exclusivamente en el registro de lo simbólico, por lo que el cuarto nudo no cobraría completa relevancia en la estructura; la responsabilidad del anudamiento va a ser soportada por la función de la nominación. No obstante, Lacan se irá viendo obligado a aceptar al cuarto eslabón como propio e imprescindible del nudo. Lo que lo lleva a esto es la ineludible simetría y homogeneidad que encontramos en los registros al operar con una cadena borromea mínima, de solo tres eslabones. El nudo es tan simétrico que es imposible distinguirlos, no se sabe cuál es real y se impone la necesidad del cuarto término que rompa con dicha simetría. Asimismo, la nominación, antes restringida a lo simbólico, ahora va a ser extendida a los tres registros y entonces vamos a estar hablando de nominación simbólica (atribuida al síntoma), nominación imaginaria (adjudicada a la inhibición), y nominación real (relacionada a la angustia). Con éste movimiento vemos como el trío Freudiano de “Inhibición, síntoma y angustia” (1925) quedan en estrecha relación a las tres formas de nominación propuestas por Lacan como cuarto elemento que anuda la cadena.


Entonces las tres maneras posibles de anudar la cadena quedarían presentadas de la siguiente manera: nominación imaginaria (Ni), nominación simbólica (Ns) y la nominación real (Nr):


          A la altura del Seminario XXIII Lacan ya asume, sin dejar lugar a dudas, la necesidad del cuarto eslabón y llamará a éste cuarto término sinthome, llevando la cadena de tres a una de cuatro. El sinthome no será ni simbólico, ni imaginario, ni real; será el cuarto elemento necesario que enlaza a los tres registros.


     Tomando especial consideración al valor que le viene otorgando Lacan a la nominación, y considerando la distinción entre al padre como nombre -nombre del padre- y aquel que nombra -padre como nombrante-, dirá que el padre es ese cuarto elemento, elemento sin el cual lo real, simbólico e imaginario se irían cada uno por su lado. Y ya en la primera clase del Seminario XXIII va a referirse a la nominación paterna como “pére-version” o “versión hacia el padre”:


“Digo que hay que suponer tetrádico lo que hace al lazo borromeo -que perversión solo quiere decir versión hacia el padre-, que, en suma, el padre es un síntoma, o un sinthome, como ustedes quieran. Plantear el lazo enigmático de lo imaginario, lo simbólico y lo real implica o supone la ex-sistencia del síntoma.”[4]


     Así es como Lacan afirmará que la pére-version sanciona el hecho de que Freud sostiene todo en la función del padre y que el amor se dirige al padre en tanto portador de la castración, portador de la ley. Y el pasaje del nombre del padre al padre del nombre (padre como nombrante) es lo que va a llevar a Lacan a plantear las tres formas de nominaciones: la imaginaria, la simbólica y la real; tres padres del nombre que puedan operar como anudamiento borromeo de los tres registros.



Lic. Rodrigo B. Ríos



[1] Miller, J.-A. Los signos del goce. Capítulo VII. Pag. 108. Ed. Paidós [2] Lacan, J., (1974-1975), Seminario XXII: “RSI”, Clase del 11-02-75. [3] Lacan, J., (1974-1975), Seminario XXII: “RSI”, Clase del 11-03-75. [4] Lacan, J., Seminario XXIII: “El Sinthome”, Paidós, Buenos Aires, 2006. Pág. 20

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