• Lic. Rodrigo B. Ríos

EL HORIZONTE DE UN ANÁLISIS (PARTE I): ENCUENTROS Y LA DECISIÓN NEURÓTICA

ENCUENTROS


Tener un fin en el horizonte implica estar bien orientado pero no necesariamente significa que se llegue a esa meta. Uno no sabe si va a llegar o no ahí, pero si no se orienta a esa meta no va a llegar a ningún lado. Implica también una posición ética y la posibilidad de evaluar la eficacia de nuestra práctica. Al inicio tenemos un sujeto inocente respecto de su sufrimiento, al inicio hay una demanda, ese sujeto inocente espera algo y de parte del analista una supuesta promesa al respecto. En esto hay un engaño, un “sujeto supuesto saber”, y a partir de allí lo hacemos ingresar al paciente en una maquinaria lógica que requiere una única condición, la regla fundamental de la asociación libre, que de libre no tiene nada.



Recuerdo hace unos años, una paciente me llega a la consulta angustiada, lo denotaba la inflexión de su voz, como si cada palabra tuviese que ser empujada para salir, como si cada segundo dudara de lo que estába a punto de proferir. La angustia me indicaba una novedad: la posibilidad de elegir, separarse o seguir en el "como sí". Pero aquí nos detenemos para puntualizar que el neurótico considera esa contingencia, casi inexorablemente, como una “elección forzada”. Ni sí ni no, más bien un "ni". Ante esta in-solución se inmiscuye algo que no se nos puede escapar; un negarse a causar el deseo del otro. Otro paciente me relata que lo que dicen los padres para el es "palabra santa", hablamos de un discurso que viene de un Otro que se nos presenta de índole irrefutable e irrevocable, y con él una demanda insondable: "Nunca tuve una adolescencia rebelde, siempre hice todo lo que los demás esperaban de mí." Donde se encuentra con el deseo del Otro él ahí está, taponándolo. Otra paciente me cuenta que del marido no se separa y al respecto arguye que sabe que le va a hacer mal y que ella no tendría problemas en seguir así, "insatisfecha". No olvidar aquí que la ética del deseo de la histérica es la ética de la “privación”. “No me separo porque siempre estoy pensando, pienso: bueno, no todo es tan malo...Yo se que no estoy satisfecha, pero no logro separarme, a ultimo momento me trabo".

Esto es justamente de lo que el neurótico nada quiere saber, de la castración del Otro ni la suya propia. Y aquí, en este intento constante de taponar al Otro, se pierde el deseo propio. "Siento que me cuesta conectarme con lo que quiero".


También recuerdo, y para finalizar la serie de paráfrasis clínicas, que una paciente me comentaba que lo que tanto la enamoró de su marido es que éste siempre había sido un rebelde; nunca llegaba a ningún lado a horario, siempre relajado para todo, siempre hacía lo que quería cuando quería. Son patentes cuales son las marcas en el Otro que a ella la conmueven, y no es otra cosa que un Otro que sabe lo que quiere. Y no solo eso, sino que sabe lo que quiere y ella puede dárselo. Es ahí donde podemos ubicar su posición fantasmática: Ser la que le da al Otro lo que quiere, justamente para no hacerse la pregunta del "¿qué me quiere?" la misma que en su formulación es coartada por el cortocircuito del fantasma.


LA DECISIÓN NEURÓTICA


Lacan va a decir que no alcanzan todas las palabras para nombrar la necesidad. En ese “no alcanza” anida el deseo, en la diferencia entre la necesidad y la demanda. El deseo se ubica en la hiancia entre un significante y otro, entre un S1 y un S2. Sin esta hiancia no existiría el deseo, es un deseo de lo que siempre está falto. El fantasma es una respuesta al deseo del Otro y uno encuentra una respuesta en cuanto al ser: ¿Qué soy para el Otro? En “La dirección de la cura y los principios de su poder” Lacan afirma “…la fantasía, en su empleo fundamental, es aquello por lo que el sujeto se sostiene en el nivel de su deseo evanescente en la medida en que la satisfacción misma de la demanda hurta el objeto”[1]. Esto no es más que decir que la fantasía sostiene el hecho de que la demanda admite un empleo que es la base de su inhibición, empleo por el que la demanda sería demanda del Otro, demanda de amor, demanda de reconocimiento. Y ahora bien, si hay un sujeto para quien el “tú eres” adquiere un valor mortífero es el sujeto histérico, quien, cuando uno le dice “Tu eres”, al final termina siempre por responder “pero no”. Nos solemos topar con esta idea que suele perseguir al sujeto histérico: “¿Quien soy yo fuera de toda influencia?". Gran interrogante del paciente histérico, saber que quiere, qué es fuera de todo lo que se le dice ser, de todo lo que se le demanda ser.


Para el caso del neurótico, la dimensión del ser implica una decisión, en este caso la de permane-ser. El neurótico es un sujeto inhibido que no realiza la acción esperada que podría satisfacer la pulsión. La represión consiste en no saber sobre esas pulsiones, el neurótico “no sabe” ni quiere saber. No obstante, siempre algo se satisface, siempre hay un goce puesto en juego en la posición fantasmática del neurótico, y es por eso que siempre es necesario entender al goce en su doble implicación: por un lado, el goce es el impacto del significante en un cuerpo; por el otro, el impacto de un significante en el cuerpo implica un goce. El goce entendido como equivalente a lo que Freud llama pulsión, límite entre lo somático y lo psíquico. El cuerpo es el lugar del goce, y hay que entenderlo en su carácter espacial y temporal. La temporalidad alude a la repetición, el goce tiene noción de permanencia; lo que fue, lo es y lo que va a seguir siendo. La adhesividad de la libido, la temporalidad del goce entendida como la temporalidad de la repetición. Es por eso que, más allá de las interpretaciones, los pacientes muchas veces no logran conmover nada de su posición de goce. Por otro lado, lo espacial del goce alude al hecho de que se aloja en el cuerpo, es por eso que la consideración del cuerpo en la clínica es fundamental. Es cuando el significante impacta en el cuerpo que adquiere verdadero valor, sino es un significante que no representa nada. Y en éste sentido el padecimiento neurótico implica una satisfacción paradójica, pulsional, el padecimiento es una demanda, una exigencia de satisfacción acéfala, que se dirige a Otro, es enganchada siempre a un Otro. En este punto parecería que el sujeto está condenado a verse surgir en el campo del Otro, pero de ningún modo es así. Es necesario redirigir eso a la transferencia para destituirlo y destituir al Otro, haciendo caer la demanda, haciendo caer al Otro. En el fin hay caída de la trasferencia al analista, la desidentificación al analista, la destitución del analista, un des-ser del analista.

[1] J. Lacan, "La dirección de la cura y los principios de su poder", Escritos 2, Ed. Siglo XXI, página 617

Lic. Rodrigo B. Ríos

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