• Lic. Rodrigo B. Ríos

LA DESNUDEZ ORIGINARIA (Parte I): UN CUERPO MÁS ALLÁ DE LA IMAGEN

Ya en sus inicios Freud va a descubrir que hay otro cuerpo distinto al de la anatomía, el cuerpo que las histéricas le mostraban, ese cuerpo que desconoce la anatomía, o que se comporta como si la misma no existiese. Ese cuerpo que para Freud se rige por esa otra anatomía, una anatomía que él llamará “vulgar”[1], y su comportamiento va a estar marcado por las trazas de su vestimenta. Un cuerpo que goza según estas marcas que no son las de la anatomía objetiva, sino de la anatomía subjetiva y singular de cada quien.



El cuerpo, que la medicina siempre ha concebido como una unidad objetivable y dada desde el inicio, el psicoanálisis lo va a plantear como fragmentado y que para que exista como unidad deberán darse ciertas condiciones. Entonces, nuestro cuerpo del día a día, con el cual nos vinculamos asiduamente, es producto de un proceso. El cachorro humano tarda más tiempo en manejar su cuerpo y en ordenar las sensaciones que le llegan de este, pero se ha constatado que éste bebé es capaz de reconocer anticipadamente su imagen en el espejo como una totalidad; este hecho suele ocurrir entre los seis y los diez y ocho meses de edad. El niño observa una imagen de sí y se identifica con ella y, a pesar de que esa imagen no coincide con lo que es capaz de sentir o controlar de su cuerpo, esa imagen representa para ese sujeto el cuerpo que tiene. Aquí no se trata de la imagen del cuerpo en tanto tal, sino en la posibilidad de imaginar una unidad corporal más allá de lo que sus sentidos le indican. Cabe aclarar que no es realmente necesario un espejo, sino que el niño tenga algo o alguien en quien pueda reflejarse. Ese alguien suele ser la madre, el padre, o cualquier persona que llegue a ocupar tal lugar, con la condición sine qua non de que ese niño sea visto y reconocido como un hijo. Pero más que la vista en términos escópicos lo que está en juego es lo que ese niño recibe del Otro a través del lenguaje, de lo que se le dice y cómo es visto por los otros.


El asumir esta imagen de unidad como propia produce una modificación en el sujeto mismo, y a partir de ahí todo su mundo, así como todas las relaciones que establezca ese sujeto, se van a ir ordenando en relación a esa imagen. Pero lo curioso de este proceso es que, tal como lo dice Lacan, esta imagen es discordante con su propia realidad. A este proceso Lacan lo va a denominar “estadio del espejo”[2] y resultará fundamental para que el sujeto se constituya como tal. La imagen será la vestimenta que dé forma a lo que hasta ese momento eran fragmentos de cuerpo. Asimismo, el yo de cada sujeto se constituirá en relación a esta imagen y gracias a esta imagen es que podemos entrar en la escena del mundo. Empero, siempre va a haber algo que no encaje del todo, siempre va a hacerse sentir esta discordancia inaugural que la imagen comporta. La idea de que el cuerpo nos pertenece y nos responde, si bien es una idea habitual, también comporta algo de extraño. Muchos nos hemos topado con la realidad de que a veces el cuerpo no nos responde, que en ocasiones va para donde quiere, que hasta el mismo cuerpo puede llegar a resultarnos como algo extraño, sentirse como impropio.


Entonces, Lacan va a plantear que el cuerpo se constituye a imagen y semejanza de la imagen que el Otro nos ofrece, y luego agregará que éste cuerpo no se constituye únicamente por identificación imaginaria sino que requiere de un soporte en lo simbólico, un soporte en la estructura del lenguaje; esto es decir, un Otro que sostenga tal identificación y nos reconozca ahí donde nos vemos. Lo que el Otro va diciendo es lo que va a ir sosteniendo el proceso de la constitución de la propia imagen, constitución que comporta el efecto de la inscripción de la palabra en el propio cuerpo, un “cuerpo cuya peculiaridad será la de habitar el lenguaje”[3], y que también será habitado por el lenguaje. Cuerpo que se irá marcando a partir de las marcas que el Otro le vaya imprimiendo, superficie entendida como el lugar donde se inscribirán las marcas de su historia con ese Otro.


Lacan complejizar el esquema óptico propuesto en el estadio del espejo ubicando no solo un espejo cóncavo, sino también uno plano, y será partir del Seminario 10 que va a introducir al objeto α en el esquema para plantear justamente la necesariedad de que para que ésta imagen del cuerpo se sostenga va a ser ineludible que algo falte en la imagen, que algo esté expulsado, extraído, recortado de esa imagen; algo que escapa a la especularización y que queda caído del cuerpo. Esto que resta y que no puede entrar en la imagen no puede ingresar por estructura, y esto es porque el cuerpo se constituye en relación al discurso del Otro. Lacan, en el Seminario XIV “La lógica del fantasma”, lo dirá del siguiente modo:


“El cuerpo (…) en tanto lugar de las cicatrices, está hecho para inscribir algo que se llama la marca. El primer gesto de amor, es siempre un pequeñísimo gesto que esboza la marca”.[4]



Entonces, el estadio del espejo es como Lacan piensa la constitución del sujeto, pero a partir de la alienación a una imagen que es Otro, y la imagen no será algo que se constituye sino que será constitutivo. Pero, tal como introdujimos anteriormente, la imagen en la que uno se aliena va a requerir el asentimiento de un Otro, es el Otro quien consiente esa imagen, y en la constitución misma de la imagen va a haber algo que va a quedar como completamente ajeno al sujeto. Resultará que toda marca implique un corte y Lacan dirá que lo que ha sido cortado es algo que se pierde por el corte mismo. Los agujeros, y no me refiero de manera estricta a los meramente anatómicos, serán efecto de esas marcas de escritura, de ese cruce entre el lenguaje y eso que alguna vez fue un puro ser viviente. Es el lenguaje lo que va a producir ese corte, y eso caído del corte, eso perdido, es la causa del deseo. Y recordemos que si no hay algo que cae, algo que sea recortado, algo que quede como perdido, ese cuerpo no puede constituirse ni sostenerse como tal. Entonces, el corte es lo constitutivo, no hay cuerpo sin corte. Cuerpo en psicoanálisis que es el resultado de una serie de operaciones que a uno le permitirá decir “tengo un cuerpo”. Entonces la imagen no será por sí misma que se sostenga, sino que se sostiene justamente en eso que queda por fuera de la imagen, se sostiene en una falta, en esa reserva libidinal que no pasa a la imagen, y solo logra pasar como falta en lo imaginario, como –φ, falta en lo imaginario que siempre resulta cautivante dado su íntimo vínculo con dicha reserva libidinal, objeto en tanto causa, y allí se sostendrá todo lo imaginario. Entonces, no todo en lo que respecta a la imagen es imaginario, hay algo que le es propio pero que se le escapa, lo real es lo que escapa a esa captura imaginaria y escapa, asimismo, a la captura del orden simbólico. La imagen que se presenta como unidad debe pagar un precio, el precio de una falta y, en tal sentido, esa unidad oculta lo que la causa; objeto de deseo cuyo objeto causa es el objeto α. A raíz de esta operación el cuerpo queda inscripto en un encadenamiento simbólico y a partir de esto Lacan plantea la relación entre cuerpo y sujeto. El cuerpo ya no será algo únicamente ligado al yo narcisista en tanto imagen corporal, sino que también va a estar ligado a la dialéctica de la constitución subjetiva, ligado al sujeto del inconsciente en tanto barrado por el significante. Esto es algo que Freud ya lo anticiparía en sus cartas a Groddeck:


“El inconsciente constituye la auténtica mediación entre lo corporal y lo anímico”[5]



[1] Freud, S. (1893), "Algunas consideraciones con miras a un estudio comparativo de las parálisis motrices e histéricas". En Obras Completas, traducción de José L. Etcheverry, Buenos Aires, Amorrortu editores, 1979. [2] Lacan, J. (1936-1966): “El estadio del espejo como formador de la función del yo tal como se nos revela en la experiencia psicoanalítica”, en Escritos 1, México, Siglo XXI, 1980. [3] Lacan, J. (1977) “Psicoanalisis, Radiofonia y televisión”. Barcelona, Ed. Anagrama, p. 108 [4] Lacan, J.: (1966-1967) Seminario XIV: La lógica del fantasma, inédito. Clase del 10/05/1967 [5] Freud, S.; Groddeck, G. (1970), p.38.




Lic. Rodrigo B. Ríos

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