• Lic. Rodrigo B. Ríos

LA CONSTITUCIÓN SUBJETIVA (Parte II): EL SUJETO FALTO EN SER.

           La constitución subjetiva supone la constitución de una marca, una identificación primaria, un rasgo unario. El sujeto se constituye fuera de sí mismo, fuera del cuerpo. Es en el campo del Otro donde encuentra su inscripción, esto es decir que se constituye como sujeto en tanto falto en ser. Si el sujeto se constituye en el campo del Otro es primero un “tú eres” y luego devendrá en un “yo soy”. El niño se constituye en posición pasiva. Entonces, si el “mí mismo” se constituye fuera del cuerpo me falta el “mi”; hay ahí un punto de ausencia. Y, al mismo tiempo, la falta se articula al lugar de la pérdida.


      Pasar de “ser un cuerpo” a “tener un cuerpo” implica separarse del objeto que yo era. Esto es decir que el sujeto se constituye dejando de ser el objeto que él era para el Otro, y a ese objeto que él era lo constituye como lo que le falta; la falta constitutiva del sujeto va a estar planteada en relación a la pérdida del objeto.


      El elemento que se extrae de la escena es el sujeto mismo en tanto objeto, en tanto pérdida. Primero nos encontramos con el sujeto alienado al campo del otro, a la voz del Otro, para luego poder perderse para el campo del Otro, separarse de ese lugar. Es el lugar del espectador, separado de ese lugar de oreja de la voz del Otro, separado para poder entender que es lo que se dice ahí, tratar de pesquisar los signos del goce del Otro; esto es una construcción.



          En Freud la angustia tiene un estatuto muy corporal pero Lacan va a plantear la angustia en relación al deseo del otro. La angustia adquiere cierto carácter existencial y vemos un esbozo de esto cuando Freud lo relaciona al desamparo. Ubicar la noción de desamparo permite ir más allá de la dimensión corporal de la angustia.


      El juego del Fort Da, en la segunda lectura, ya no va a ser ausencia y presencia de la madre, sino ausencia y presencia del niño. Es decir, el niño como caído ante la ausencia de la madre. La madre para el niño se hace presente a través de las caricias, a través de la voz, y a través de la mirada. Cuando la madre se va es cuando cae esa presencia donde se sostenía la existencia del niño. Ese es el punto de angustia, el punto del desamparo por el que atraviesa el niño. ¿Cómo lidia el niño con esa angustia? Con el Fort Da, nombrando su ausencia y con nombrarse existe aún fuera de la ausencia de la madre. Pero el niño, más allá de la enunciación, se sustrae de la imagen. Una ausencia respecto de la mirada en la que el niño es, se sustrae del lugar de cómo la imagen lo mira. El niño deja de ser ese cuerpo mirado por la madre para ser ese cuerpo mirado de nadie. Acá está la separación, ser el objeto perdido para la mirada de la madre, objeto como perdido. Sujeto como falta y objeto como perdido. ¿Qué es lo que se pierde? El sujeto en tanto objeto, pérdida necesaria para que la escena quede enmarcada. El niño, con el juego, transpone al exterior el objeto que él era. No es lo mismo tirar un juguete en el Fort Da que tirarse a él mismo. Traspone al exterior ese objeto de la perdida que él es.


      El niño que se cae sin que nadie lo vea es parte de una separación pero remite a una “mirada de nadie”, nadie que lo escuche ni lo vea, no existir para el Otro. Se evoca la indefensión absoluta, la soledad radical. Es el “¿puedes perderme?” en tanto fantasía melancólica del niño que va a la pregunta de “¿qué lugar ocupo en el deseo del Otro?”, la castración del otro. Permite al sujeto inscribirse, o no, en el campo de la falta en el Otro. Esto se puede rastrear como el núcleo de la neurosis infantil, la pregunta por el lugar que ha ocupado el niño en el deseo del Otro, “¿qué respuesta ha dado el Otro a esta pregunta?”.




Lic. Rodrigo B. Ríos

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