• Lic. Rodrigo B. Ríos

UN AMOR POSIBLE (Parte I): "NO SOMOS MÁS QUE UNO" y "EL AMOR Y EL AZAR"

NO SOMOS MÁS QUE UNO


En el Seminario 20 Lacan afirmará, y será categórico, “No somos más que Uno”[1]. Dirá que de ahí parte la idea del amor, ese amor que nunca saca a nadie de sí mismo y lo pondrá en consonancia con lo que dijo Freud al introducir la función del amor narcisista, y en tal sentido el problema va a ser cómo puede haber amor por un otro. Y es que en todo encuentro amoroso de tales características Lacan dirá que son tres los implicados, dos más α, o bien, mejor dicho, siempre será Uno más α.



¿Qué se quiere decir cuando se denuncia que “no hay más que Uno”? Justamente la inexistencia de la complementariedad entre los sexos, y no existe dado a que el goce del Otro siempre va a presentarse como inadecuado porque el goce del Otro “no es signo del amor”[2]. No se goza del cuerpo del Otro, porque no hay Otro, hay agujero, lo que hay es la metáfora de esa falta, de eso que no hay. ¿Con qué se goza? Se goza con una parte del cuerpo del Otro que queda así reducido a objeto α, aquel brillo fálico ubicado en cierto rasgo que no es más que un desplazamiento del valor del falo a una parte del cuerpo. Lacan, en el Seminario 20, lo expresará del siguiente modo:


“Lo que se vio, aunque sólo por el lado del hombre, es que tiene que vérselas con el objeto α, y que toda su realización respecto a la relación sexual desemboca en el fantasma.”[3]



Entonces en la neurosis nos encontramos con un goce fantasmático, con que no hay encuentro con el Otro sino con el α recortado, el α del fantasma ($<>a), goce del idiota, justamente para no encontrarse con lo real del Otro, es decir, con la falta del Otro. Y el amor viene a suplir la relación sexual que no hay, viene justamente a velar y a intentar suplir este goce tan autista y enigmático de cada uno con su partenaire. Es por esto que para el hombre, a menos que haya castración, algo que le diga “no” a la función fálica, no existe posibilidad de que goce del cuerpo de una mujer. Puede lograr cosas asombrosas, puede creer abordarla con “todas las letras”, pero solo abordará la causa de su deseo, el objeto α. Ahí donde no hay relación sexual es la función fálica la que viene a suplir esa falta, tanto para el hombre como para la mujer.



Lacan, en el seminario que venimos trabajando, va a plantear las fórmulas de la sexuación, y planteará que del lado de la lógica fálica -lado hombre- va a estar ubicado el varón, la histeria y la madre, y del otro lado -lado femenino- situará el goce más allá del falo, femenino, que no es sin justamente atravesar lo fálico. Dirá que la mujer es “no-toda”, no-toda ubicada ahí, en la función fálica, pero también “está de lleno allí”[4], solo que hay algo más allá, un goce del cuerpo “más allá del falo”[5].


“La mujer tiene relación con el significante de ese Otro, en tanto que, como Otro, éste nunca deja de ser Otro. Doy por sentado que aquí evocarán mi enunciado de que no hay Otro del Otro. El Otro, ese lugar donde viene a inscribirse todo lo que puede articularse del significante, es en su fundamento, radicalmente el Otro. Por eso, este significante, con los paréntesis, señala al Otro como tachado: S (Ⱥ).”[6]



EL AMOR Y EL AZAR


En el Seminario 21, “Los nombres del Padre o los no incautos yerran”, ensaya distintos tipos de nudos en los que va a ir ubicando al amor en distinta relación con los registros imaginario, simbólico y real, en diferentes momentos de la historia occidental. Va a ubicar de esta forma la importancia que tiene el cristianismo con el estatuto que tiene el amor en Occidente y lo va a vincular con el amor cortés, que es el tipo de amor tal como lo encontramos en la experiencia analítica. Dirá que en el amor cristiano lo que anuda, lo que sostiene la estructura, es lo simbólico. Pero en el amor cristiano se insensibiliza el cuerpo y el deseo, esto es decir que se deja el cuerpo y el deseo sexual por fuera. En cambio, el amor cortes será una manera refinada, la más refinada que ha encontrado la humanidad, de suplir la relación que no hay a partir del hecho de privarnos de esa relación, invención de lo femenino como un imposible, inaccesible, que es el lugar que tendrá la Dama en el amor cortés. Y va a ser a partir de éste momento que la mujer va a ser sublimada y ubicada en ese lugar inalcanzable, se inventa el amor y la inexistencia de lo femenino en cuanto tal. El amor cortés será entonces la primera concreción de esa relación entre el amor y la falta, entre el amor y la castración. Aquí lo que anuda es lo imaginario, lo imaginario tomado como medio, y de esta manera soporta la articulación entre lo real y cierto saber.


En este punto, en la relación amorosa en tanto encuentro con lo imposible, el partenaire como persona no es más que el envoltorio de un núcleo de goce. En última instancia, es un "medio de goce", resorte del plus de gozar. Como ya dijimos, para el hombre una mujer siempre es un objeto α, que involucra un goce limitado, circunscrito y responde a un modelo, lo imaginario específico de cada uno que lo une a otra persona no del todo por azar. Pero Lacan, en el Semnario 21, nos dirá que ¡hay un inverso![7], otra forma distinta de abordar al otro sexo, y será a partir del acontecimiento. Un amor que se dirige a la diferencia, a la castración, soporta que el Otro no haga Uno con el yo, pero todo amor por azar, contingente, tiene un lado traumático al confrontarnos con la castración.


Este amor como contingencia emerge cuando dos seres hablantes son capaces de reconocerse en sus síntomas, en sus fallas, sus afectos, es decir, en todo aquello que marca las huellas de su exilio de la relación sexual. Lo que despierta el amor por el Otro es su falta, el modo en que se halla afectado por el saber inconsciente, y Lacan va a afirmar que el amor no es otra cosa que un decir en tanto que acontecimiento, y que el amor no tienen nada que ver con la verdad dado a que ésta no puede decirse toda. Este decir de amor, entonces, se dirige al saber en tanto inconsciente. Por eso va a decir que “el amor es dos medio-decires que no se recubren”[8], y que eso constituye su carácter fatal. Cuando eso acontece nos encontramos ante algo totalmente privilegiado. Allí situará esa división irremediable de dos saberes inconscientes inexorablemente diferentes.



Lejos del pegoteo imaginario, de la fantasía del hacer Uno con el otro, de ese intento perpetuo de producir una unidad imposible, de recubrir esos dos saberes inconscientes inconciliables y, finalmente, hacer del amor, se introduce esa dimensión del amor totalmente privilegiada que no desconoce ni reniega de su irremediable división y que encuentra en el horizonte de la castración la posibilidad de hacer lazo amoroso. Entonces no hay relación sexual, pero sí una relación de amor posible, un encuentro con el otro que reconoce la manera en que éste inconsciente otro lo afecta. De éste modo el amor se transforma en un detector, un signo, un afecto del inconsciente, una respuesta a la percepción de la manera con que el otro se encuentra afectado por la no proporción sexual, por su destino de soledad, por su exilio. Entonces no habrá relación sexual pero si hay amor y lo que importa es el signo de amor, las huellas del exilio; se tratará del reconocimiento de signos de amor entre dos parlêtres, cada uno con su lalengua singular. Cada Uno reconociendo en el Otro signos que interpelan sus propios síntomas de goce. Es el amor, al menos éste amor tal como Lacan lo propone, el que revela ciertos impasses del inconsciente y se transforma en el signo de cómo lo afecta el inconsciente del otro. El goce en el amor, goce en el que el sujeto es capaz de abordar al otro aún castrado, encuentro de dos lalenguas, o más precisamente, el reencuentro y la perpetuación de las contingencias de goce de los primeros años. Es bajo ésta perspectiva que podríamos considerar que el encuentro amoroso de carácter contingente podría implicar el retorno a esas primeras marcas de la constitución subjetiva, y dicho encuentro podría llevar a un des-encadenamiento y encadenamiento de la estructura en base a tales coordenadas primordiales.



En sus últimos seminarios Lacan no cesará de denunciar la diferencia entre los sexos, la diferente dimensión de habitación del lenguaje que viven un hombre y una mujer, dado a que habitan espacios de lenguaje diferentes, habitados por goces diferentes, y eso por eso que entre ellos siempre nos encontramos con un muro, un amuro, y el amor es justamente eso, el intento del atravesamiento de ese muro. Cómo se anudan entre ellos, que es él para ella y qué es ella para él, no son equivalentes. Pero no hay equivalencia siempre y cuando ella esté del lado derecho de la cuestión, es decir, del lado femenino. Es allí donde una mujer es síntoma. El síntoma siempre encarna la dimensión del goce fálico, pero también encarna la dimensión de lo que no cierra, y lo que hace síntoma es justamente lo que no cierra.


En su última enseñanza, Lacan nos invita a hacer del sinthomeun signo de amor. Entonces el partenaire puede ser síntoma, ser objeto α en el fantasma, o Sinthome. Y dirá que hay un “sinthome él” y un “sinthome ella”, y que eso es todo lo que resta de lo que llamamos relación sexual, “la relación sexual es intersinthomática[9]. El síntoma es un encuentro contingente con lo real de la no relación, lo que Freud llamaba el trauma, y el sinthome es lo que viene a enmendar dicho encuentro, dando existencia por el artificio del fantasma a la relación que no hay. Y si el sinthome es lo que viene a escribirse en el lugar de la imposibilidad de la relación sexual, en el fondo lo que se ama en alguien es su sinthome, esto es decir los signos que reflejan la manera como cada Uno trata

[1] Lacan, J. (1972-73) Seminario 20. “Aun”. Buenos Aires, Ed. Paidós. Pág. 60 [2] Ibíd., Pág. 11 [3] Ibíd., Pág. 105 [4] Lacan, J. (1972-73) Seminario 20. “Aun”. Buenos Aires, Ed. Paidós., Pág. 90 [5] Ibíd. [6] Ibíd., Pág. 98 [7] Lacan, J., (1973-74), Seminario 21: “Los nombres del Padre”, Versión Íntegra., Pág.57 [8] Ibíd., Pág.79 [9] Lacan, J.; (1978), “Conclusiones del IX congreso de la Escuela Freudiana de París”, 09-07-78, en Lettres de l`École, Nº25, 1979, Vol II.



Lic. Rodrigo B. Ríos

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