• Lic. Rodrigo B. Ríos

ALGUNAS VICISITUDES DEL OBJETO EN LA OBRA DE FREUD

Diana Rabinovich va a plantear la existencia de tres dimensiones del objeto en Freud; el objeto del deseo, el objeto de la pulsión, y el objeto de amor. Su hipótesis radica en que va a ser el objeto perdido del deseo el que funcione como una condición de producción de los demás objetos, es decir que el objeto perdido del deseo inaugura al objeto de la pulsión y al objeto de amor.



Ahora bien, para Freud las primeras vivencias de satisfacción dejan marcas que se inscriben en el aparato, huellas mnémicas desiderativas, y en el sueño –dirá Freud- lo que se va a procurar no es encontrar al objeto, sino investir a una huella para generar una identidad de percepción. Entonces las experiencias iniciales de satisfacción dejan una marca, una huella, y el deseo va a ir a la búsqueda de esa marca y no del objeto; es decir, va a ir a la búsqueda de esa marca que tiene que ver con la pérdida del objeto. De esto se deriva la indicación de que las marcas orientan al deseo, deseo como cierto resto que queda de esa vivencia, y el deseo seguirá las pistas de esta satisfacción originaria. Es por esto que el deseo, para Freud, siempre se satisface alucinatoriamente. Esta partición implica la instauración de una distancia en la supuesta complementariedad del sujeto y el objeto de la satisfacción, introduciendo una disimetría que va a ubicar al objeto en una posición distinta. Lejos de la satisfacción de la necesidad, la regla de la nueva satisfacción no coincide con una adaptación vital, y el placer buscado se regirá por coordenadas muy diferentes.


Esta nueva perspectiva introduce la distinción entre la satisfacción de una necesidad y la realización de un deseo. Entonces, esta vivencia de satisfacción, supuesto teórico de Freud, vendría a dar cuenta de una pérdida inaugural, fundante del aparato, el objeto perdido, pero que en realidad nunca estuvo. Y al mismo tiempo que Freud propone una vivencia de satisfacción, va a proponer una vivencia de dolor, vivencia que tiene lugar frente al ingreso de cantidades hipertróficas que perforan los intentos defensivos del aparato y, ante la imposibilidad de la fuga motriz, se erige la defensa primaria -que no hay que confundir con la represión primaria- y una descarga por vías laterales. Y bien, al igual que la vivencia de satisfacción, la vivencia de dolor también deja una huella, la huella mnémica del objeto hostil, y es propiamente la marca de que el displacer ha alcanzado cierto límite, que a alcanzando el umbral del dolor.


Como residuo de la vivencia de dolor Freud va a ubicar al afecto. De esta manera vamos a tener al deseo del lado de la satisfacción y al afecto del lado del dolor, ambas formas de memoria del aparato. Y el afecto en Freud, en general, va a tener el carácter de una repetición, de la repetición de una vivencia significativa. Ahora bien, las vivencias de satisfacción y de dolor conforman las dos caras del objeto, y el articulador entre ambas vivencias es el prójimo, el otro inolvidable, el Otro. Ese prójimo es tanto el primer objeto de satisfacción, el primer objeto hostil, así como el primer y único poder auxiliador.



Lacan va a retomar este desarrollo Freudiano para dar cuenta del Das Ding y va a plantear que la perdida inaugural de la cosa es la que funda la estructura. Él va a definir a “la cosa” como un real puro anterior a toda simbolización, lo más íntimo y lejano al sujeto, lo ‘ex-timo’. Das Ding que asoma como el Otro absoluto del sujeto, aquello que se trata de volver a encontrar. Ya no será una alteridad imaginaria, ni una alteridad simbólica, sino otra alteridad distinta, el partenaire más fundamental del sujeto sobre el cual el objeto α vendrá a montarse.


Ahora bien, Lacan, en el Seminario 7, va a postular que “la cosa”, esa pérdida inaugural, el Das Ding, constituye el interior del toro, y en derredor se va a situar la cadena significante que va bordeando el agujero; esto es, el mundo subjetivo del inconsciente organizado en relaciones significantes[1]. Está en el centro del toro, el Das Ding, en el sentido de que está excluido, y debe formularse como exterior. Ese Otro prehistórico imposible de olvidar, algo que es completamente ajeno a mi estando, empero, en mi núcleo[2]. Siendo, en definitiva, el fundamento de lo que se repite siempre de la misma forma, lo que vuelve siempre al mismo lugar. Pero cabe volver a recalcar que el objeto α no es el Das Ding, el objeto α es lo que viene a ese lugar, lo que viene al lugar de la perdida inaugural. De eso que se perdió no queda nada, solo me quedan ciertos atributos, ciertas marcas singulares que se inscriben en torno a esto, marcas psíquicas que el aparato rememora con los síntomas.


Retornemos a Freud. ¿Cómo podemos definir al objeto de la pulsión? El autor dirá que es aquello por lo cual, o en lo cual, la pulsión podrá alcanzar su meta. El objeto en la pulsión es lo más variable, lo más contingente, porque la pulsión apunta siempre a la satisfacción. Pero no por ser lo más variable es cualquier objeto, va a tener que estar soportado en ciertos rasgos, y por eso hablamos tan comúnmente de fijaciones.


La pulsión sexual, al comienzo, es autoerótica, prescinde del objeto. Esto quiere decir que el objeto, cuando aparezca, va a venir a sustituir al propio cuerpo. Entonces Freud va a plantear tres tiempos de las pulsiones, y tres tiempos que van a ser gramaticales. Entonces tenemos a un tiempo en el cual el sujeto mira al objeto, un segundo tiempo en el cual el sujeto es mirado por el objeto, y un tercer tiempo va a ser un mirarse, un tercer tiempo donde se prescinde del otro. Y Lacan va a plantear, en este tercer tiempo, un “hacerse mirar”. Y en este “hacerse mirar” aparece un sujeto nuevo, un sujeto que se “oferta” como objeto. Esto nos brinda una pista de cómo las pulsiones se sueldan en el fantasma, cómo se asume una posición frente al deseo del Otro.


No hay que olvidar que las pulsiones sexuales para Freud se apoyan sobre las pulsiones de autoconservación. Pasamos de lo que se alimenta a lo que se incorpora, y se pueden incorporas miradas, o cualquier objeto que podrá venir a ese lugar. Y de esta forma se introduce la articulación entre la pulsión y el amor. Entonces Freud va a plantear que el primer objeto de amor es el propio cuerpo, el yo, y a partir de ahí se podrán investir los objetos del exterior. Tanto en el objeto de amor como en el objeto de la pulsión lo que podemos ubicar de base es el autoerotismo, y la tríada autoerotismo-narcicismo-elección de objetoserá el desarrollo propuesto para la elección de objeto de amor. Entonces, el primer objeto de amor ya es, podría pensarse, un revestimiento del objeto pulsional. Pero, ¿qué se elige en el objeto?, y ¿desde dónde? A veces lo que se elige es una voz, una mirada, es decir, cierta condición erótica, pero también se elegirá cierto rasgo del ideal y cierta imagen. Esto último nos lleva a pensar de que siempre, en todo momento, podemos encontrar la articulación de los tres registros; real, simbólico e imaginario, y ahí confluyen la cuestión de deseo, del amor y de la pulsión. Retomemos la pregunta ¿desde dónde se elige? Freud va a plantear dos modalidades de elección; la anaclítica y la narcisista. La segunda tiene que ver con el ideal, y la anaclítica va a estar más vinculada al otro nutricio, al otro del amor según el modelo de la relación con el otro. Y así como hablamos de objeto parcial en las pulsiones, en el amor podríamos hablar de un objeto total.



Ahora bien, en nuestro desarrollo no podemos soslayar la cuestión de las identificaciones. Freud dirá que una identificación siempre es el residuo de una investidura de objeto resignada. El niño toma como ideal al padre, pero al mismo tiempo emprende una investidura de la madre según el tipo de apuntalamiento anaclítico, es decir una identificación al padre y una investidura de objeto hacia la madre. Dos lazos psicológicamente diversos; con la madre una clara investidura sexual de objeto, mientras que al padre una identificación que lo toma por modelo. Ambos coexisten un tiempo hasta que la unificación de la vida anímica implica que ambos lazos vayan a la postre y se dé inicio al complejo de Edipo.


Desde el comienzo la identificación es ambivalente, se comporta como un retoño de la primera fase oral de la organización libidinal donde el objeto amado y apreciado se incorpora por devoración y así es aniquilado como tal. Entonces identificarse será incorporar algo del objeto.

Esto nos introduce a las vicisitudes del objeto que tienen que ver con el amor. En el duelo por el objeto de amor algo deberá introyectarse, incorporarse, para poder volver a perderlo, matar al muerto. Esto nos remite al principio, de cómo toda la estructura se funda en un punto de perdida, y el más mínimo duelo puede llegar a sacudir todas las pérdidas de objeto establecidas históricamente.


Lacan se va a preguntar ¿cómo el sujeto es capaz de recuperar algo de ese objeto perdido primordialmente? Dirá que el recupero de algo de ese objeto se va a hacer a través del fantasma. En el fantasma el sujeto encarna el objeto y ahí el sujeto “es”. Es por tal motivo que decimos que el sujeto puede identificarse con una falta. El sujeto se hace objeto en el fantasma, en donde el sujeto consiste en un falso ser que le brinda la escena fantasmática. Dado a que el sujeto se constituye falto en ser, sin identidad, el fantasma viene ahí a darle cierta consistencia al sujeto, el objeto en el fantasma como el lugar del rescate del sujeto. Ahí donde como sujeto no puede afirmarse por estar dividido y no encontrar el significante que lo represente, lo que rescata el sujeto es un objeto, un lugar consistente. Entonces, el fantasma inscribe dos posiciones, una como sujeto y otra como objeto, y es por esto que la identificación fantasmática es tan difícil de conmover.

[1]Lacan, J. (1959-60). El Seminario, Libro VII: La ética del psicoanálisis. Buenos Aires: Paidós. Pág. 89. [2]Ibíd., Pág. 89



Lic. Rodrigo B. Ríos

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